La boda de dos turistas argentinos revolucionó el pueblito de Abbadia San Salvatore, en la Toscana
Era noviembre y teníamos los pasajes de Alitalia para volar al Viejo Continente el 1° de abril. Una tarde de sábado, mientras charlábamos sobre lo que queríamos hacer en ese viaje, Charly me propuso casamiento. ¡Pero no acá, sino en Roma!
Me quedé pensando qué responder. No es que no quisiera casarme, pero tendría que dejar de lado mi sueño de hacerlo con vestido blanco, de ver su cara cuando entrara en la iglesia del brazo de papá y de disfrutar de una fiesta junto a mis seres queridos. Fue en ese momento que él me dijo: "Mejor no, porque vos querés la fiesta, el vestido y todo". Pero lo frené: "La verdad, nunca se me había cruzado por la cabeza casarme allá. ¡Me gusta! ¡Dale! ¡Averigüemos!"
En los días siguientes Charly fue al consulado italiano en Buenos Aires y pidió los requisitos. Primero él, que tiene ciudadanía de la Comunidad Europea, debía escribir a su pueblo, Rossano, donde está inscripto, y solicitar que le remitieran una copia certificada de su partida de nacimiento. Con la ayuda de la asesora del Consulado la carta fue despachada a mediados de noviembre. Los siguientes meses fueron de espera. La carta con la respuesta no llegaba. Entonces, le pedimos a Marco, un amigo italiano, que llamara para ver si habían enviado una respuesta. Después de mucho insistir le dijeron que se había enviado la partida. Estábamos en febrero.
Con la partida fuimos nuevamente al Consulado donde nos dijeron que deberíamos haber pedido fecha en Roma. Algo que no nos habían dicho la primera vez. Nos dieron un número para llamar, pero realmente fue imposible comunicarnos.
Mientras tanto yo seguía recolectando mis papeles: partida de nacimiento, certificado de soltería, todo certificado y traducido. En resumen, faltaban menos de 15 días para nuestro viaje y no teníamos arreglado nuestro casamiento. Así que otra vez a recurrir a nuestro amigo italiano, con tanta tanta suerte (obra del destino) que el alcalde de un pequeño pueblo en la Toscana se había mudado junto a su propiedad y enseguida nos arregló todo para casarnos en este simpático (y desconocido por los turistas) pueblo de montaña en la Toscana: Abbadia San Salvatore.
El 1° de abril partimos a Roma. Allí me compré el vestido y los zapatos. Luego recorrimos Florencia, Sorrento, Capri, Positano; la Costa Amalfitana, Lucca, Pisa, Portofino, Rapallo, Santa Marguerita de Liguria; Asís, Perugia, Siena, la ruta del Chianti y Cinqueterre.
El 18 de abril finalmente llegamos a Abbadia San Salvatore. Primero fuimos a conocer a la gente que tan amablemente nos había atendido y les llevamos los documentos que faltaban. El 18 y 19 recorrimos los alrededores (Montalcino, Montepulciano, San Gimignano). El 20 nos levantamos, nos arreglamos y emprendimos el descenso de la montaña hasta la comuna. Allí, en un edificio histórico, nos casaríamos.
Marco ofició de intérprete ya que yo entiendo, pero no hablo el idioma. Dos chicas que trabajan en la Municipalidad fueron los testigos y otro empleado, el fotógrafo. La ceremonia resultó, aunque no lo crean, emotiva. ¡Estábamos felices! Nos hicieron sentir mejor que en casa, ya que no lo tomaban como un trámite, sino que era un acontecimiento para un pueblo chico, con decir que el libro de inscripción era de 1996 y ni siquiera habían completado la mitad de las páginas con casamientos.
La ceremonia la celebró el intendente y cuando salimos teníamos alfombra roja en la escalera. Hasta nos despidieron con arroz. Sólo faltaron nuestras familias, a las que les contamos todo minutos después, por teléfono. En agradecimiento al lugar, nuestras alianzas (fedi, en italiano) llevan inscriptas el nombre del pueblo en lugar de los nuestros, y seguramente siempre recordemos el lugar con cariño y con deseos de volver.
¿Descubrimientos para compartir? ¿Un viaje memorable? Esperamos su foto (en 300 dpi) y relato (alrededor de 3000 caracteres con espacios)