Barranco es el distrito más pequeño de Lima, pero tiene un gran encanto, un puente que concede deseos y recuerdos de Chabuca Granda
LIMA.- Si el barrio de Miraflores ofrece grandes avenidas, coquetas casas de amplios jardines, cuidados parques, hoteles cinco estrellas y un shopping (Larcomar), Barranco está en las antípodas. Tiene otra esencia: la bohemia y la pausa en sus callejuelas arboladas y residencias republicanas es casi obligada.
Es que apenas se pisa este barrio se tiene la necesidad de bajar un cambio, entregarse al ritmo lento y disfrutar de esas construcciones de trabajadas fachadas levantadas a fines del siglo XIX, cuando este balneario era el preferido de las familias aristocráticas limeñas.
Y si la idea es recorrerlo a pie no está nada mal. El punto de partida es el Parque Municipal (de 1889), muy verde, con sus palmeras gigantescas. Lo primero que llama la atención es la pulcritud: no vuela un papel y los pisos lucen lustrados, como la escultura de una mujer, conocida como La Donaide, réplica de una obra clásica de origen griego.
A un lado, entre el follaje centenario, asoma el perfil de la iglesia Santísima Cruz de Barranco. Del otro, el pintoresco edificio de la biblioteca. Desde allí, en un rápido paneo aparecen las construcciones de vivos colores, que van de los ocres y el amarillo intenso al verde, el rojo, el rosa. El violeta es más natural: lo aportan, en distintos rincones, varios jacarandás.
La artista del pueblo
Con los primeros pasos es clara la presencia de una cantante que hizo historia, aquí y afuera, y que en estas calles encontró inspiración para varias de sus canciones más populares: María Isabel Granda Larco, mucho más conocida como Chabuca Granda, fallecida en 1983. Hasta tal punto llega la devoción por ella que hasta se le dedicó un pasaje que lleva su nombre y comienza con una enorme foto suya. Este camino conduce hasta el Puente de los Suspiros, de poco más de 35 metros, donde una tradición se hace fuerte: se dice que los primerizos en cruzarlo deben contener la respiración en todo su recorrido para que se cumplan los deseos. Los que nunca fallan son los dos cantores que, apoyados en las barandas de madera, con guitarras y sombreros blancos, reciben al visitante con La flor de la canela, Fina estampa (también popularizada por Caetano Veloso) o Puente de los Suspiros, algunos de los clásicos de esta cantora, que encontró en los valses criollos y en los viejos ritmos afroperuanos la senda para fortalecer la identidad musical de su país.
A pocos metros, una escultura la muestra de cuerpo entero, con los brazos en alto, que dice en su base de hormigón: Mi plácida niñez transcurrió en la quebrada de la Bajada de los Baños del barranco balneario, sobre el Pacífico. Voy a menudo. Jamás en él veo el recuerdo. Siempre, como cuando niña, miro desde sus balaustres la vida por delante curiosamente.
La iglesia de la Ermita, cerca del puente, es otra parada obligada, un edificio que sufrió serios daños e incendios, como muchos otros, durante la resistencia de Barranco a las tropas chilenas en la batalla de Miraflores (1881), durante la Guerra del Pacífico. Así se ganó el mote de Ciudad Heroica. Sin embargo, hoy lo único que se respira en sus calles es paz y parsimonia. Y para encontrarla, nada mejor que caminar hasta el mirador donde la puesta de sol en el Pacífico es imperdible.
Restaurantes y música
Debajo del puente está la Bajada de los Baños, un pintoresco camino adoquinado que desciende hasta el mar, donde se multiplican las casas de antaño devenidas restaurantes. Es que en los últimos años, Barranco se ha consolidado dentro de la movida limeña como lugar de encuentro en sus bares, escalonados en la ladera de las barrancas, con mesas iluminadas con velas y pintorescos balcones. En la parte alta, cerca del Parque Municipal, el ruido nocturno lo pone el bulevar Sánchez Carrión, poco más de 200 metros colmados de discotecas con música en vivo.
En la bajada la propuesta es para todas las edades, los horarios y gustos, incluidos los que prefieren acercarse a la gastronomía y la música criolla. Un poco más abajo, los puestos de artesanos y más allá, el sendero que lleva directamente al flamante malecón, que ofrece pasarelas y bancos de madera, pérgolas, áreas techadas y bicisendas. Una obra que avanza por etapas, en tierras ganadas al mar, y que ya tiene 14 kilómetros en distintos sectores de la capital para que limeños y turistas comiencen a vivir el mar con más intensidad. Pese a la falta de arena y a una leve bruma constante, provocada por la altísima humedad, ese sector de la playa tiene un encanto especial.
Pequeños teatros, galerías de arte. Barranco, ciudad histórica, es un poco todo eso. Pueblo de pescadores en sus inicios y de molinos más tarde, que hoy se extrañan. De la aristocracia de fines del siglo XIX a los escritores, pintores y músicos de hoy, que levantaron sus casas al borde del acantilado y con vista a la bahía. Como Mario Vargas Llosa, que en 2010, después de ganar el Premio Nobel de Literatura, fue recibido con el calor de sus vecinos, entre ramos de orquídeas y laureles.
PARA LLEGAR
El viaje desde el casco histórico de Lima hasta el distrito de Barranco puede demorar no más de media hora. Para llegar a este barrio de 3 kilómetros cuadrados (el más chico de Lima) y con poco más de 45.000 habitantes, las opciones son varias: las más recomendadas son un taxi o el moderno Metropolitano, un ómnibus muy puntual, que circula por carril propio y parece sacado de otro contexto en el por momentos caótico tránsito limeño. Para los que prefieren palpar un poco más el pulso de la ciudad, las combis son una alternativa más folklórica, sobre todo por un personaje central: el ayudante del chofer, que en cada esquina y a viva voz avisa a los transeúntes los próximos destinos.